28.10.10

MAGIA Y RECUERDO

Descubrí que todavía hay rincones de mi querida Fontaneta que no conozco.
Siempre he sabido que se trata de un paisaje cambiante, un paraje sorprendente cada vez que se visita, pero no sabía que después de tantos años iba a redescubrir tantas cosas, tanto en el río como en mí.
Decidí pasear por donde no hay caminos, por donde las sendas han desaparecido y tienes que ir apartando la vegetación para poder pasar. Esta decisión me llevó a resbalones, caídas, arañazos y a descubrimientos insospechados. No podría detallar muy bien el lugar, porque ni yo sabía dónde estaba, pero la zona era desde el puente de la vía hasta el azud.
Y allí estaba yo, como si volviese a mi infancia saltando de piedra en piedra y mojándome las zapatillas, claro está que sin el miedo de una regañina al llegar a casa, que da mucha tranquilidad. Fue duro, porque a mis años ya no estoy para correrías, y además cometí la imprudencia de ir sin compañía, que aunque afortunadamente no pasó nada, sé que no se debe hacer, pero cuando llegué al río, una fuerza misteriosa se fue apoderando de mí como si me fuera quitando años y poco a poco me veía como los chiquillos, pasando una tarde de aventuras.
Lo cierto es que me divertí mucho, aunque no fuí capaz de atrapar ni una sola rana, ni un sólo barbo, ni una sola libélula... primero porque hay mucha menos fauna de esta clase que antes y segundo porque mis reflejos no son los mismos. Tampoco hubiera sido capaz de nada más que de devolver al animalito a su libertad, pero probé mis habilidades y reconozco que las he perdido.
Lo que descubrí que no he perdido es la capacidad que tienen los niños de sorprenderse, de investigar, de embracarse en aventuras a pesar del riesgo que se corre con ellas. Descubrí que con los recuerdos se puede volver a vivir sensaciones de la infancia, que se presuponen perdidas. Pero no es cierto, no están perdidas, se pueden recuperar, aunque eso sí, se necesita de la magia de un lugar que en otro tiempo te las hizo vivir.
La vida necesita de esta magia para poder disfrutar de ciertas sensaciones y para volver a ser niños de vez en cuando.

29.9.10

DOS MESES Y DIECINUEVE DÍAS: UN VERANO


Hacía muchos, muchos años que no disfrutaba de este privilegio: pasar todo el verano en Ayerbe.

Para analizar estos meses, tendría que mirar las cosas desde muchos prismas, desde muchas perspectivas, pues como tantas cosas en la vida, no ha sido ni bueno ni malo, ni blanco ni negro, vamos, ni "fu ni fa".
¿Por qué? pues muy sencillo: las cosas no salen nunca como las imaginas y cuando la realidad suple a la imaginación, no sólo eres tú quien crea el día a día, sino tú y todo aquello que te rodea.
En mi caso, me he dado de bruces con una realidad, que no esperaba, seguramente por vivir del recuerdo y del pasado.
Ayerbe es otra villa de la que yo dejé. No sabría explicar en qué ha cambiado, pero lo cierto es que sí lo ha hecho. También yo habré cambiado, y veinte años después tengo una madurez y una serenidad de las que carecía cuando habitaba allí, pero esto me ha servido, sin lugar a dudas, para ser más analítica con lo que he vivido.
Los primeros días, aprovechando que el mundial de futbol nos convocaba a todos con un mismo objetivo, salí a ver los partidos.

Contacté con todas aquellas personas que pude, les iba explicando que pasaría alli todo el verano. Antiguos amigos, compañeros, conocidos, personas que se alegran de verte y que en algún momento han formado parte de tus correrías, de tus proyectos, de tus inquietudes, de tus juergas, de tus cenas, de tus fiestas... en definitiva, de lo que te ha ido haciendo persona mientras estuviste en Ayerbe y por tanto, han formado parte de tí.
Como esto no dió su fruto, seguí dando mis paseos por la Fontaneta, por la Fuente de los tres caños, por San Miguel, por las plazas, por la Fuente de los Ciervos, pero siempre en soledad.
Luego llegaron las fiestas y con gran ilusión acepté ensayar unos pasos de jotas para bailar a nuestra patrona y rememorar así los dieciocho años que estuve en el grupo folcklórico viviendo la
jota desde lo más profundo de mi corazón.
Bailé el día de la ronda, agradezco a Oscar y a Ester su paciencia ensayando y pido disculpas al público por no haberlo hecho mejor (la edad no perdona, pero la voluntad era absoluta). Si es posible, me gustaría repetir la experiencia.
Cuando terminaron las fiestas y tras unos dias, terminó mi estancia en Ayerbe.
Estoy en la distancia de nuevo y creo que desde ella estoy más cerca de Ayerbe que cuando estaba allí este verano. Es tan grande el recuerdo de cuando vivía allí, que este me mantiene más vivo el sentimiento ayerbense que sus propias calles y sus propias gentes.
Amo a Ayerbe, soy Ayerbense y defenderé a mi pueblo hasta el agotamiento, pero todo ha cambiado. Ya nada es igual para mí, no hay algo para compartir, no hay nada sobre lo que debatir, no hay tema para discutir y sobre todo, no tengo con quién hacerlo. Sólo hola y adios. Delante de los Ayerbenses me he sentido como un arbol arrancado y sin tierra donde extender las raices para poder sobrevivir.

Me ha pesado mucho, me ha dolido profundamente. Quizás mis espectativas iban demasiado lejos. Lo cierto es que sentí que en Ayerbe sólo me queda la familia y... los recuerdos, pero en cuanto al presente, Ayerbe es un espejismo en mi corazón ayerbense.
Seguiré amando mi tierra, seguiré regresando, y seguiré nutriendo mi corazón de un tiempo pasado, que sin duda fue mejor.

26.9.10

LLEGANDO A AYERBE

Dicen que la distancia es el olvido. Yo digo que no, que a mí , la distancia, no me ha hecho olvidar. Todo lo contrario, cada vez tengo más presentes mis raíces, y eso que va para 20 años que mi residencia está a 600 kilómetros. Para que luego digan... Haces nuevos amigos, formas una familia, te integras en una nueva sociedad, pero cada vez que viajas a Ayerbe, cuando vislumbras San Miguel, se te hace un nudo en la garganta, contienes la emoción y, con el corazón encogido, piensas: YA ESTOY LLEGANDO A CASA.